
Baixas-Rumbau conversación entre titiriteros
Toni Rumbau a Joan Baixas
1- Tú eres titiritero pero también pintor o artista plástico. De hecho, durante unos años dejaste los títeres y te dedicaste a la pintura. Luego volviste al teatro al incorporar tus prácticas pictóricas en directo, apostando por una clara línea de « teatro visual » y ahora parece que de alguna manera regresas al mundo de los títeres. ¿Te identificas pues con esta figura que llamamos « titiritero » ? ¿Qué representa para ti?
Lo de « teatro visual » no es una profesión, podríamos decir que es una categoría académica para estudiar ciertos espectáculos que ponen una atención especial en el tratamiento dramático de la imagen en escena o es una categoría que se usa en el marketing de un festival para dar algunas pistas al público sobre espectáculos que desconoce. Es una denominación que yo he usado y sigo usando, pero no hay que confundir, todo el teatro es visual y el uso de la imagen de una u otra manera no determina una profesión.
Pero yo soy un titiritero y estoy muy contento de mi profesión, en primer lugar porque no está considerada una profesión seria y eso ya es estupendo. No ser considerado serio es un honor, con la que está cayendo en los círculos artísticos. Pero sobretodo me gusta esta profesión porque en ella puedo desarrollar al mismo tiempo y en diálogo entre ellos, varios lenguajes artísticos que me interesan: la pintura, la literatura, la dirección escénica y puedo hacerlo de una forma muy maleable, muy directa, artesanal.
Luego hay también una circunstancia bastante peculiar y es que los espectáculos de títeres se presentan en contextos muy diversos, un dia uno está con el público más popular y a los pocos dias te puedes encontrar en un ambiente sumamente sofisticado, de vanguardia, como fue, por ejemplo el festival de Nueva York, el que hacía la fundación Henson, que pasaba por ser lo más moderno de la ciudad y en los espacios más exquisitos. Esta heterogeneidad de públicos es muy saludable para el artista, porque al final de lo que se trata es de que el público conecte con lo que hacemos, que se sienta interpelado, conmovido quizás.
Me convertí en profesional de los títeres desde 1967 y lo fuí completamente desde el primer dia. Quiero decir que los titiriteros de esa época, que eran muy poquitos y todos dando vueltas entorno a una tradición en franca decadencia, se dedicaban a las mas diversas profesiones y lo de los títeres era un complemento que se presentaba en gran medida en fiestas familiares. Yo decidí dedicarme a ello en exclusiva y resultó difícil económicamente pero muy fácil en otros aspectos. En aquella época para poder subsistir había que hacer más de doscientos bolos al año y algunos años hicimos casi trescientos. Éramos Putxinel.lis Claca y durante diez años, con mi mujer, mis hijos y algún colaborador, nos tragamos miles de kilómetros en furgoneta, básicamente por Cataluña y España, pero tambien por Europa. Lo fácil fue la relación con la gente, no había subvenciones ni instituciones para darlas, pero recibimos la ayuda entusiasta de artistas, maestros, agitadores políticos, párrocos, gente de la cultura, asociaciones de vecinos, la política se hacía en la calle por personas de carne y hueso y no se decidía en las cúpulas de los partidos. Fueron diez años, hasta que la compañía se amplió y nos convertimos en el Teatre de la Claca. Y esos diez años calzando muñeco dia a dia, con los más diversos públicos pero siempre con los mismos títeres, con las mismas obras, de alguna de las cuales llegamos a hacer un millar de funciones. Las manos iban solas, el personaje se cocinaba en lo más profundo del alma, las voces deformadas eran « mis » voces que salían desde las entrañas. Esa fue mi escuela, mi universidad y mi doctorado y por ese motivo siempre me he considerado un titiritero.
2- ¿Te atreves a definir lo que es un títere ?
Es muy curioso, los titiriteros nos pasamos la vida definiendo lo que son los títeres, es un ejercicio muy raro, yo no veo eso entre mis amigos pintores o escritores, no sé porque lo harán los titiriteros. Quizás porque los títeres pueden ser tantas cosas diferentes e incluso opuestas que cada uno quiere llevar el agua a su molino. Bueno, mientras no sean definiciones demasiado pomposas, resulta divertido. Por mi parte me considero mal definidor y buen admirador de Barthlevy, o sea que « preferiría no hacerlo »
3- Durante tu carrera, siempre has intentado pisar terrenos de innovación, enrolándote en proyectos complejos dónde el teatro, los títeres y la plástica interactuaban en igualdad de condiciones, como lo fueron tus distintas colaboraciones con pintores. Sin duda, han habido aquí adquisiciones y aprendizajes importantes. ¿Podrías resumirlos? ¿Qué líneas de exploración crees tú que tiene ante si el Teatro de Títeres?
Cuando pienso en estas experiencias que comentas me emociono por la suerte que he tenido. Una suerte que me la he currado, claro, pero una suerte enorme. Haber trabajado con Miró, con Saura, con Tàpies, Brossa, Mariscal, Matta y otros, ha sido una maravilla y aunque pasen los años, son unas experiencias que están siempre presentes, muy cercanas. De hecho tengo el estudio lleno de sus dibujos y sus fotos porque considero que son maestros que siempre están junto a mi.
De ellos aprendí muchísimas cosas y podría hablar de cada uno durante horas, pero si algunas cosas tienen todos ellos en común son tres regalos: el primero, el artesanado, entendido como trabajo metódico, reiterativo, insistente, personal, la vieja consideración de que no se consigue nada sin esfuerzo. Eso es una cosa muy fácil de decir pero extrañamente difícil de hacer, requiere concentración, humildad y convencimiento. La artesanía es la base del arte porque permite al ego retirarse a un segundo plano, permite que la obra se haga por si misma a través de nosotros, que no somos más que un soporte. Esta sensación la cuentan todos los grandes artistas, la vivencia clara de que la obra se hace por si misma, a través de nosotros. Pero esta sensación es potentísima en el intérprete, en el artista que actua en directo y con los títeres en la mano es incomparable. Parece una afirmación retórica y un poco pedante, pero creo que muchos titiriteros la conocemos, la sensación de que el títere te posee, que tu le sigues, le acompañas, le provocas, pero la vida es él. Creo que el hecho de que el titiritero no actua con su propio cuerpo, sino que entre él y el público hay un objeto humanizado, hace que este instrumento genial se cargue de poder, se convierte en el chivo expiatorio de los rituales primitivos que renueva su vida en cada función y cumple un rol catártico muy divertido y muy sano.
La segunda lección-regalo de los maestros fue la generosidad. Para ser artista hace falta ser generoso en el sentido más completo de la maldita palabreja. Para decirlo sin mucho protocolo, el artista trabaja para el buen rollo del mundo. El mal rollo ya viene solo, ya va viniendo a oleadas constantes e insistentes sin que nadie lo llame y sin que nada pueda pararlo. Estoy hablando del hambre, la violencia, la explotación, la enfermedad, del mal rollo verdadero. Pero el buen rollo hay que buscarlo, hay que crearlo, perseguirlo, construirlo poco a poco. Eso quiere decir generosidad con la vida, entrega a la experiencia, al conocimiento, a la comunicación. Miró decía que lo importante no es la obra en si misma, lo importante son las semillas que la obra hace germinar en el interior de las personas.
Y la tercera cosa es la radicalidad, ir a las raices, al fondo de las cosas. En las raices está la energia primera, el intercambio de jugos con la naturaleza, lo que nace de lo oscuro, de lo subterraneo. La radicalidad es lo que importa, la brújula. Esto es una postura personal, un sentimiento constante. Brossa decía que la novedad no es necesariamente interesante por si misma, la novedad a veces puede ser muy vulgar y muy muerta, lo interesante es la originalidad y originalidad viene de origen. El artista tiene que ir al origen de si mismo para entregarlo a la tribu, es su trabajo, dar, repartir juego, revolver el fondo para que el agua se enturbie y el corazón se aclare, sumergirse en la invención constante e insistente de la originalidad más antigua. Lo original es ancestral y radical, cada persona es bien distinta de todas las demás en su origen, en su raiz.
Y contestando a la segunda parte de tu pregunta, creo que los títeres tienen tanto campo por delante como las otras artes, inagotable y de un modo especial. Siempre me gusta pensar que los títeres en el teatro (no los del cine ni de la tele, que tienen unas obligaciones de codificación que los empobrecen excesivamente) los títeres en el teatro son al teatro de actores como la poesía es a la novela: un mundo aparte, hecho de las mismas palabras, ceñido por la misma gramática, pero de una vivencia totalmente diferente. No se como poner esto por escrito, no tengo palabras, pero me parece que en la poesía el palpitar de la vida es como mas puro, mas candente. La poesía solo puede explicarse en palabras poéticas (tu lengua en mi boca como la flor del agonizante), pues otro tanto le pasa al teatro de títeres, que es pura poesía y su hábitat el universo, ole!
4- Tras cuarenta años de profesión, ¿qué rescatarías de tus comienzos ? ¿Qué es lo que más valoras de los mismos ? Dentro del contexto de tu larga carrera, ¿cuáles son los objetivos artísticos actuales y futuros ? ¿Crees que el titiritero se crece con la edad y la experiencia, y en qué sentido?
Como sabes, pues nuestra amistad se remonta a esos tiempos lejanos, mis inicios fueron de furgoneta y bolos y de ellos conservo un recuerdo impagable. Me divertí y aprendí mucho. Lo que más me queda de esa época es el contacto con los públicos diversos y el entusiasmo de la gente en esos sesentas y setentas, cuando todo nos parecía posible. Fueron diez años de aprendizaje duro y bello. Pero toda mi vida profesional está llena de ilusiones, alegrías y amigos, no siento ninguna nostalgia por un momento en particular.
Ahora estoy metido en el proyecto de hacer una nueva compañía y salir de nuevo al circuito internacional, del que me he alejado un poco estos últimos años. Estoy preparando un espectáculo, “Zoé”, sobre una chica brasileña que comete un asesinato horrible. Es un espectáculo con varias escenas de títeres y me gusta porque hace muchos años que ando metido en la dirección y la pintura y no practico como intérprete. Al mismo tiempo estoy preparando una instalación con pinturas y pantallas de video y otros proyectos que van viniendo. Mis trabajos siempre tienen una gestación larga y se superponen unos sobre otros.
Lo de crecer con la edad, no sé, ¿qué quieres que te diga? Desde luego uno se hace viejo, eso es indudable y no tiene remedio y por el camino aprende cosas, claro, pero el valor de la experiencia es muy relativo. No creo que sea mejor la experiencia que la inexperiencia, esta puede ser una herramienta con una fuerza muy grande. Cada momento de la vida tiene su ángel, su duende, la flor que decía Zeami, al principio porque tienes fuerza y despues porque tienes más picardía, no sé, gato escaldado… Lo que realmente interesa es el proceso, el devenir e ir puliendo la herramienta. Lo mejor de tener una larga trayectoria consiste en mirar hacia atrás y poder sonreir.
JOAN BAIXAS A TONI RUMBAU
1/ Tu has pasado por casi todos los recovecos de la profesión: interpretación, escritura, dirección de un teatro y de un festival, empresario, agitador cultural, si tuvieras que elegir, ¿con cual te quedarías y porqué? Y también, ¿recomendarías a los jóvenes que procuren conocer esos diversos ámbitos o crees que es mejor la especialización?
Si tuviera que elegir, sin duda la interpretación es lo mejor que me ha dado esta profesión. Actuar como titiritero es una experiencia que una vez catada, engancha. Creo que las razones son dos: el elemento catártico que tiene toda representación con títeres (desdoblamiento, pluralidad de los lenguajes utilizados que van del directo más inmediato a la más sofisticada distanciación) y el hecho de conectar con prácticas ancestrales que te “poseen” aunque no lo quieras. Eso es lo que me ocurrió a mi cuando empecé por azar en Portugal participando en las campañas de dinamización cultural con el ejército portugués, durante la Revolución de los Claveles.
Luego, a la que persistes y te ves obligado a ser lo que suele llamarse un “profesional”, entonces poco a poco las redes del oficio te van atrapando y, sin darte cuenta, un día te descubres empresario, otro “agitador cultural”, luego de pronto “director de un festival”, más tarde de un teatro, por supuesto escribes buena parte de tus obras e incluso los hay que se lo hacen todo, desde los títeres hasta las escenografías. Incluso diría que una de las características de esta profesión es, sobretodo al principio, que uno hace de todo, o mejor, “uno se atreve a hacer de todo”, siendo ésta una de sus gracias a menudo más valoradas. Desde luego, en unos casos es así, y en otros no. En eso hay toda la variedad que se quiera y la libertad de elección es, sin duda, máxima. En este sentido, la carrera de titiritero oscila entre el solista que es autosuficiente en todo –y que en cierto modo, encarna algunas de las esencias básicas del titiritismo más antiguo– y el que crea compañía con más o menos complejidad. Yo he pasado de un registro al otro, y la verdad es que dónde mejor me lo he pasado y dónde más cómodo me encuentro, es en el papel de solista. De hecho, ahora me estoy embarcando en un nuevo proyecto unipersonal. Aunque también debo decir que de las dos óperas que he hecho, la experiencia y el recuerdo que guardo de ambas es maravillosamente positivo. Respecto a mi experiencia en la gestión, abomino bastante de ella, sobretodo la referida a relaciones con la administración: puro calvario y pesadilla.
A los jóvenes les diría que si pueden concentrarse en la creación, mejor que mejor. Creo que hoy en día las nuevas generaciones de titiriteros tienen eso más claro y saben distinguir entre lo esencial y lo superfluo, y buscar los complementos adecuados –buenos agentes, técnicos, actores, etc- cuando éstos son necesarios. Luego, los bandazos de la vida ya le van llevando de un extremo al otro, como es bien sabido.
2/ En tu libro de memorias profesionales dejas aparecer, con elegancia y discreción, un espíritu anarquista demoledor de convenciones, pero después de leerlo me quedé con ganas de saber mas sobre este aspecto de tu pensamiento ¿te importaría contar más sobre ello?
Pues sí, me considero lo que antes se llamaba un “anarquista de salón”, aunque luego en la vida no está mal el “acratismo” que he practicado, seguramente más empujado por los azares y la necesidad que por convicción ideológica. Es una lástima que el anarquismo haya quedado tan en desuso y tenga tan mala prensa. Y sin embargo, muy me parece que la actualidad –ésa que intenta hallar vías de solución a la catarata de crisis que se nos viene encima– está recurriendo en muchas cosas al filón anarquista más señero. Sobretodo en la defensa a ultranza que hoy se hace de la autonomía personal o del “soberanismo individual”. Estoy muy de acuerdo con estas reivindicaciones. Sólo que el presente y el futuro están llenos de contradicciones, y junto a la defensa del individuo y su soberanía, hoy se impone también la perspectiva global para la resolución de problemas y conflictos. Es decir, individualismo soberanista por un lado, globalidad de los problemas y sus soluciones por el otro lado. El anarquismo que a mi me gustaría que existiera sería el que pudiera acoger estas paradojas y contradicciones entre lo global y lo local, lo individual y lo colectivo, aceptando los extremos en su más rotunda radicalidad.
Volviendo a los títeres, creo que la figura digamos “clásica” o “romántica” del titiritero encarna, en cierto modo, algunas de las cualidades ácratas por excelencia: ir a su aire, hacer lo que te da la gana, plantar la barraca dónde sea, vivir de lo que la gente te da directamente, ser autónomo en la construcción, organización y ejecución de tus labores, etc. Incluso, algunos titiriteros han enarbolado la bandera ácrata como signo de identificación –tenemos el ejemplo claro de Pepe Otal, casi un modelo ejemplar de “anarquista titiritero” al que deberíamos añadir el arquetipo tauromáquico del “torero” por su especial relación con la figura de la muerte, o el mismo Javier Villafañe, Paco Porras, y tantos otros. De hecho, cuando oyes a algunos titiriteros ya algo avanzados por la edad decir: “voy a volver a los bolos, éso es lo que importa y lo bueno de esta profesión…” (tú y yo, sin ir más lejos…), en realidad estamos profesando nuestro amor por este espíritu vital y libertario del titiritismo…
¿Y no son acaso Pulcinella, Punch, Polichinelle, Karakoz…, unos viejos anarquistas algo pasados de rosca y de moda, que defienden a ultranza los valores de la exaltación libertaria del individuo caiga quién caiga? Sin duda por eso recibían de inmediato el favor del público, al proyectar en ellos lo que soñaban poder ser y hacer, como es pegar a los mandamases de turno, fueran sociológicos (policías, banqueros, señoritos, tenderos, etc) o metafísicos (demonios, monstruos o a la misma muerte). Personajes, pues, que encarnaban el arquetipo libertario que el Renacimiento y las culturas urbanas de la modernidad pusieron en boga.
3/ Una de las cosas que más me sorprende del arte de los títeres son las paradojas que uno observa a poco que los analice con atención. Veamos algunos ejemplos: el de los títeres ha sido un entretenimiento popular a lo largo de los siglos, pero paradojicamente ha dado pie, al mismo tiempo, a una literatura filosófica y especulativa muy considerable. Otra paradoja: los títeres más populares del siglo pasado han sido los del cine (Alien, King-Kong, los de las Galaxias), pero nadie, cuando habla de títeres, se refiere a ellos. Y una más: los títeres se consideran una artesanía teatral, pero en todas las culturas donde se han dado muestras potentes de tradiciones titiritescas, en todas épocas y en todos los continentes, para este tipo de espectáculos se han usado los refinamientos técnicos más sofisticados de la tecnología propia de cada grupo cultural, desde las marionetas de hilo chinas a las animaciones de Antúnez, desde el bunraku a los autómatas. ¿Qué opinas de todo eso?
Creo que estas paradojas de que hablas al principio de tu pregunta (grandeza/miseria, popular/culto, tradición/vanguardia…) son una de las cualidades más interesantes, tanto a nivel sociológico como simbólico y de lenguaje, del teatro de títeres. Ir a un festival y poder ver espectáculos que van de las sombras ancestrales de Bali a los experimentos más atrevidos e innovadores, es todo un lujo y una constante lección de humildad y de abertura de mente. Por eso creo que se equivocan los festivales que quieren ser modernos y renuncian a las tradiciones –cómo le ha ocurrido al de Barcelona, que de tanto querer modernizarse y sofisticarse, ha acabado por esfumarse en el aire. Y viceversa, por supuesto.
Lo que dices de los personajes del cine es cierto, son los títeres más populares del siglo XX, pero creo que al estar enmarcados en la cinematografía, pierden en parte su carácter teatral titiritero. Es cómo decir que la mejor música del siglo XX es la de cine –algo defendido por muchos teóricos, pero que luego cuesta defender cuando hablas con músicos, programadores, etc. La realidad es que el cine y toda la industria de la imagen ha engullido muchas artes y especialidades visuales, poniéndolas a su servicio, es decir, al servicio del lenguaje cinematográfico, que las engloba, mientras que la especificidad teatral, sea de títeres o de actores, es el directo, que no tiene nada que ver con la reproducción mecánica. Debe entenderse esta distinción sin pretensiones de valoración alguna (sin duda el cine saldría con “mejores notas”), sino como simple diferenciación técnica, de lenguaje. Es por ello que sólo se refieren a los “títeres del cine” los estudiosos, mientras que los practicantes muchas veces se olvidan de ellos. Pero tienes razón que “están aquí”, por supuesto.
4- ¿Cual debe ser la causa para que sigamos considerando los títeres una artesanía y los presentemos en general en ambientes restringidos y minoritarios?
Creo que la consideración de los títeres como “artesanía” es una vieja costumbre que a veces deriva en pelea, al distinguirla de “Arte” en mayúscula. Los hay que consideran peyorativa la palabra, pero también hay otros que la ensalzan. Si consideramos los títeres como teatro, aplicarle la palabra “artesanía” no deja de ser congruente como especificidad definitoria, en el sentido de que el “lenguaje teatral” que se utiliza se hace más con las manos que con la voz, o con las dos cosas a la vez, de modo que vendría a significar algo así como un “teatro que se hace con las manos”. Hoy en día, además, se valora mucho el aspecto “artesanal” de las puestas en escena –en el sentido de que se hacen con lentitud y por la aportación mimosa de muchas manos. En este mismo sentido, podría decirse que la ópera de grandes escenarios es en si pura artesanía teatral, pues en ella la labor de montaje y de orfebrería escénica es descomunal. Y lo mismo cabe decir de un espectáculo de títeres: si es complejo, es artesanal por su complejidad; si es sencillo al estilo popular, lo será por sus características de algo hecho completamente con las manos y por uno mismo. En todos los casos, la palabra artesanía define bien y ensalza los valores de lo definido. A mi me gusta utilizarla aunque no en demasía, pues insistir mucho en ella es como quedarse con la semiótica del lenguaje, con su inmediatez. Digamos que la artesanía está y es buena, pero cuánto menos se vea, mejor. A veces, importa desvelarla. Otras, es mejor esconderla. En fin, cualquier títere se hace con las manos. Y también podríamos hablar de la “artesanía de Picasso” en la elaboración de sus cuadros, o de Barceló manipulando sus masas pictóricas. Y no creo que se sintieran insultados. Y llegados aquí, bien podríamos decir que la diferencia principal entre Arte y artesanía, aparte de la intención, es el precio que se paga por ello: mucho el primero, poco el segundo. Un titiritero que se quiera del partido del Arte, cobrará más sin duda que uno que no lo sea. Etc.
Cierto que a veces hay un “complejo artesanal” de los titiriteros, un no atreverse a llenar grandes escenarios y atraer a grandes públicos. Como si la artesanía justificara lo pequeño y, por lo tanto, lo minoritario. Estos complejos existen, también se dice que en la pirámide teatral ocupamos el sector más bajo y marginal. Aunque como tu mismo dices, aquí hay valores positivos, pues es fantástico estar en las minúsculas, buscar la relación informal y directa con el público, bajarse de los pedestales, etc. En eso estoy completamente de acuerdo contigo. La humildad no quita lo valiente, al revés, debería acentuarla, y por la ley de la paradoja y de la contradicción, lo más pequeño debería aspirar a ser lo más grande. Creo que el Teatro de Títeres tiene estas enormes potencialidades en su seno, un campo aún por explorar. Yo pondría todo el énfasis en sus cualidades de Síntesis: cuando más sintético y concentrado, más universal y explosivo. Es como el átomo: en un pequeñísimo espacio –un títere, un átomo, un retablo…-, una carga inmensa: el espacio-tiempo de la atención del público se curva a su alrededor y su “gravedad” (capacidad de captación de los espectadores) se dispara. He aquí el secreto del títere, ese actor minúsculo –o mayúsculo, pero sintético– que, como las marcas, se carga de contenido y de atributos. Algo que ocurre con los más primitivos teatros de títeres, y con los más vanguardistas. Títeres=síntesis=explosión.